viernes, 18 de febrero de 2011

EL HOPLITA GRIEGO

Cuando el aficionado a la historia de la Hélade penetra en su tumultuoso y glorioso siglo V antes de Cristo, lo primero que le sorprende y sobre lo que más se pregunta es cómo las pequeñas poleis griegas, cuyos ejércitos, obviamente, no podían ser excesivamente numerosos, no sólo consiguieron resistir la brutal acometida del Imperio Persa, sino que vencieron a ejércitos que les superaban abrumadoramente en número y, además, se permitieron el lujo de contraatacar y no cejaron en su empeño hasta obtener una victoria aplastante y definitiva.

En Historia siempre es peligroso sintetizar y concretar demasiado, pero en este caso una de las posibles respuestas es indudable: los griegos tenían el hoplita y la falange.

El hoplita (ὁπλίτης) era el soldado griego de infantería pesada. La falange (φάλαγξ) era la agrupación cerrada de combate que los hoplitas presentaban al entrar en batalla y constituía la más importante fuerza de choque y el elemento principal de los ejércitos helénicos.

Pero ¿quiénes eran esos hoplitas? ¿Acaso eran soldados profesionales dedicados exclusivamente al arte de la guerra? No, ni mucho menos. El hoplita era el propio ciudadano que se reconvertía en soldado cuando el deber de defender a su polis así se lo exigía.



La inmensa mayoría de poleis griegas no contaban con otro ejército que el formado por sus propios ciudadanos libres y todos tenían el deber y el honor de alistarse, independientemente de su clase o condición. El ciudadano libre era movilizable desde los 18 a los 60 años y debía someterse cada año a un duro periodo obligatorio de instrucción y formación militar. Cuando no estaba cumpliendo con este servicio militar, se dedicaba a cuidar sus tierras o atender sus negocios, por lo que era un verdadero ciudadano-soldado.

El ciudadano-soldado griego era por lo general un combatiente valeroso, disciplinado, abnegado y con un alto espíritu de sacrificio y entrega. Sabía que luchaba para defender su ciudad y su civilización y tenía un alto concepto del honor, de la libertad y de la dignidad del ser humano, tanto considerado individual como colectivamente. Todo ello le daba una moral de combate y unos valores añadidos de los que carecían por completo sus enemigos los persas. Los soldados del Imperio Persa, con su espíritu fatalista de sumisos súbditos de un rey-dios, constituían un ejército formado por gentes procedentes de todos los rincones de un inmenso imperio que sometía diversas naciones, con diferentes idiomas y creencias, en el que unos luchaban como mercenarios y otros, los más, por obligadas razones de sumisión y vasallaje.

La ciudad griega de Esparta era la única en la que los ciudadanos libres sí que se dedicaban con total exclusividad y entrega al ejército, destino para el que eran educados por cuenta del estado desde los siete años de edad, mientras que sus tierras y sus negocios eran atendidos por unos sirvientes, ciudadanos de segunda y sin derechos políticos, llamados ilotas. La consecuencia lógica de ello fue que, a principios del siglo V a C. el ejército espartano era considerado como el más temible y mejor preparado de toda Grecia.

Dejando aparte a Esparta por su excepcionalidad, en las demás poleis griegas el ciudadano-soldado tenía que pagarse el armamento de su propio bolsillo, por lo que las clases más humildes sólo podían pertenecer a los cuerpos auxiliares de honderos, arqueros, lanzadores de jabalinas o infantería ligera. A su vez, las clases más adineradas y privilegiadas, las únicas que podían costearse un caballo, formaban la caballería, cuerpo aristocrático y de élite, pero también secundario en la batalla, al menos en la época que nos ocupa.

Por lo tanto, el arriesgado honor de ser un hoplita recaía casi por entero en la clase media o media-alta de la sociedad helénica. Desde luego, el equipo militar de un hoplita era verdaderamente caro; tanto era así que solía pasar de padres a hijos, como honrosa y venerable herencia y, a la vez, como símbolo de clase social. Demos una breve ojeada a ese equipo:

El sustantivo hoplon (ὅπλον) en griego significa arma o armamento, por lo que su derivado hoplita significa armado o portador de armamento. El sustantivo que propiamente significa escudo es aspis (ἀσπίς); pero como el arma básica, el arma específica, el arma por antonomasia del hoplita era el escudo, ambas palabras, hoplon y aspis, pueden considerarse sinónimas en el significado de escudo. Efectivamente, el arma más característica y esencial del hoplita era el hoplon o aspis. Era éste un escudo circular, cóncavo por su parte interna, formado por varias capas de madera encoladas una sobre otra, reforzado en la cara exterior por varias capas de cuero también encoladas, que como último refuerzo se cubrían con una lámina de bronce que además protegía el borde del escudo. En su parte interior llevaba dos asideros de cuero, uno en la parte central por donde se introducía el antebrazo, y otro más exterior que se agarraba con la mano; un forro de piel o tela protegía de rozaduras el brazo del guerrero. Pero la principal característica de este escudo era su enorme tamaño; medía aproximadamente un metro de diámetro, con lo que protegía el costado izquierdo del cuerpo del portador desde el cuello hasta la rodilla y, a la vez, protegía también la parte derecha del compañero situado a la izquierda. Obviamente, era un escudo muy pesado, pero cumplía a la perfección su doble función de muro impenetrable y de ariete que empujaba al enemigo, obligándole a retroceder.

La principal arma ofensiva del hoplita era la dori (δόρυ), una lanza de unos dos metros y medio de longitud, de asta cilíndrica de madera que acababa en punta en sus dos extremos. La punta delantera era de hierro y medía unos diez centímetros. La punta trasera que solía ser de bronce y era algo más corta, servía de contrapeso y probablemente se utilizaba para rematar al enemigo caído, además de emplearse como punta principal si la parte delantera de la lanza se quebraba, cosa que ocurría con frecuencia. La dori no era un arma arrojadiza, sino que el guerrero la conservaba durante todo el combate asaeteando continuamente al enemigo, empuñándola con el brazo derecho y sosteniéndola bajo la axila, apretada al cuerpo, o bien levantándola en horizontal por encima de su cabeza.

Como arma secundaria el hoplita llevaba también una espada corta, de unos 60 cm de longitud, puntiaguda y de doble filo. Era de hierro y recibía el nombre de xiphos (ξίφος). Se envainaba en una funda de madera forrada de cuero; esta funda colgaba junto a la cadera izquierda del soldado, pero no se llevaba ceñida a la cintura, sino que pendía de una larga correa que se colgaba en el hombro derecho y cruzaba el pecho y la espalda del soldado. El xiphos era un arma de emergencia que sólo se empleaba si la lanza llegaba a romperse por completo.

Los restantes elementos del equipamiento militar del hoplita eran defensivos y de protección.

El casco o kranos (κράνος) era de bronce, forrado y acolchado en su parte interior con piel o tela para evitar rozaduras. Hubo muchos modelos y sufrió variaciones a lo largo de los siglos, pero en general todos protegían la cabeza, las orejas, las mejillas e incluso algunos tenían protector nasal.

Los hombros, el pecho, la espalda y el abdomen se protegían con una coraza. Ésta al principio fue de bronce, pero su peso, su incomodidad y su alto precio hicieron que fuera evolucionando hacia una especie de camiseta sin mangas llamada linotórax (λινοθωρηξ) que se confeccionaba con varias capas intercaladas de lino endurecido y cuero, pegadas unas a otras. La parte exterior podía llevar cosidas placas o medallones de bronce para reforzar el blindaje. A nivel de la cintura y por encima del linotórax se usaba una especie de faja ancha de metal escamado que protegía el vientre, la cintura y los riñones del hoplita; de esta faja colgaban a modo de falda muy corta dos capas superpuestas de cuero en las que se hacían varios cortes en vertical para que formaran tiras, de modo que, protegiendo la zona inguinal y la parte superior de los muslos, no entorpecieran el movimiento de las piernas. Los brazos quedaban sin protección alguna, salvo que algún soldado decidiera proteger su antebrazo derecho con anchas muñequeras de metal o cuero que podían llegar hasta el codo.

Para proteger las piernas se usaban grebas o canilleras (κνημίς) de bronce. Cubrían desde el tobillo hasta la rodilla y, según modelos, podían proteger sólo la parte delantera de la pierna o toda ella, incluyendo la pantorrilla.

Como prenda de abrigo el hoplita usaba la clámide (χλαμύς) especie de capa o manto sin mangas que era de lino o de lana. Probablemente cada polis tendría un color determinado para las clámides de sus soldados, por lo que sería esta prenda la que daría un cierto aspecto de uniformidad a cada ejército, ya que el armamento podía diferir bastante de un soldado a otro, al depender de lo que cada uno podía gastarse en él. El equipo estándar completo que hemos venido comentando, se calcula que tendría un precio equivalente a tres o cuatro meses de sueldo de un operario cualificado.

El peso total de este armamento podía sobrepasar los 35 kilos, por lo que el soldado no se equipaba hasta el momento de empezar las alineaciones previas al combate. Cada hoplita llevaba, según su riqueza, uno o más sirvientes que se encargaban del transporte del armamento y de sus enseres personales.

Los hoplitas combatían agrupados en una formación compacta llamada falange griega u hoplítica. En un próximo artículo trataremos acerca de esta impresionante formación.

10 comentarios:

  1. Cómo puede caber en esta cabeza tuya tanta sapiencia???
    Aqueokalos, después de leerte DE CABO A RABO, solo puedo decir una palabra... chapeau!
    O mejor dicho... kranos!
    Un beso muy, muy especial!
    Núria

    ResponderEliminar
  2. Ay, mujercita, época lejana hubo en la que todo esto sí estaba en la cabeza como sólido edificio. Luego el tiempo fue arrancando puertas, ventanas, muros y techumbres, dejando sólo un armazón de vigas y paredes maestras.

    Únicamente recurriendo a los viejos libros de antaño, estrujando la poca memoria que queda y usando en su punto justo esos nuevos medios de información --de los que desconfío enormemente--
    puedo reconstruir de manera precaria aquel edificio.

    Gracias por la abnegación hoplítica de leerme DE CABO A RABO.

    Tres besos, tres.
    Joan

    ResponderEliminar
  3. Anonadado me has...jo, lo que sabes de los griegos...¿no serás griego y estarás recordando recuerdos de tu infancia? jejeje, bromas aparte a ver cuando pones el resto del articulo que está muy interesante.
    Un saludo

    ResponderEliminar
  4. Amigo Kai51, agradezco tus palabras.
    Tiempo, tiempo, tiempo es lo que necesito, y es justamente lo que apenas tengo... pero el artículo seguirá, claro que sí.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  5. Hola, como me gusta la historia también te he leido de cabo o rabo sin ningún esfuerzo.
    Date todo el tiempo que quieras pero sigue con el siguiente capitulo que aqui tienes lectores que lo esperan.
    Un saludín.

    ResponderEliminar
  6. Hola Joan:
    Me dejas anonada con tanto conocimiento y erudición histórica. Me haces recordar mis tiempos de adolescente, cuando estudiaba la gran mayoría de las veces por inercia; pero las clases de arte e historia las disfrutaba. Recuerdo una antigua profesora -muy lúdica ella-, que nos relataba imágenes tan claras como las tuyas. Creo que la base de un buen aprendizaje, la genera un maestro con sabiduría que sepa mezclar la historia con ingenio y palabras claras. Te felicito, se nota que te apasiona el tema, y eso lo agradecemos los que leemos, porque se nota cuando el cariño y el amor se deslizan por un escrito. La lectura se nos hace liviana, ágil y con gusto a poco, esperaremos tu próxima entrada.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  7. Apreciada Mariluz, muchas gracias.
    El siguiente capítulo ya está confeccionado in mente... Ahora falta lo más difícil que es darle forma. Haré lo posible para no demorarme.
    Un saludo afectuoso.

    ResponderEliminar
  8. Muchas gracias también a ti, mi admirada Taty.
    Ejercí la enseñanza de las Humanidades en los primeros doce años de mi vida laboral. Luego la vida me llevó por otros caminos, pero algo debe quedar de aquella vocación pedagógica.
    Me alegra saber que, a través de mis escritos, alguien pueda rememorar los tiempos felices de la adolescencia. Eso es mucho más de lo que yo esperaba.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  9. quiero un resumen corto por favor

    ResponderEliminar